OBRAS / Con pecado concebido

 

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Sobre “Con pecado concebido”

Quizá la palabra inquietante sea la que más se acerca a describir la primera impresión que provoca esta serie de imágenes. Y eso es algo que llama a la meditación. Hombres vestidos como sacerdotes, fetos humanos y animales juntos, rodeados por la fastuosidad de telas, ropajes, bandejas de plata, objetos de cristal y maderas talladas, todo ello envuelto en una iluminación ciertamente seductora, es lo que nuestros ojos tienen delante Todo ello parece morar en un balance casi perfecto, pero que genera en nosotros un levísimo movimiento: nos saca de la quietud, nos in-quieta. Es como si lo seductor y lo angustiante de estas imágenes se contrapesara (la luz y los ropajes, los brillos y sombras aplacando la evidente presencia de una muerte encarnada en los cuerpos más indefensos) y produjera en nosotros algo así como la tensión entre dos fuerzas en oposición, a la vez que parece sugerir una posible ruptura de ese equilibrio, una que, sin embargo, no sabemos dónde, ni cuándo ni cómo tendrá lugar. Un anuncio de movimiento, de pérdida, quizá irreparable, de la quietud.


Podría parecer nimia esta cualidad, pero no lo es. Basta imaginar otros escenarios posibles, pero muy parecidos, para darse cuenta de que es en ella, en ese balance a punto de dejar de ser tal, que radica el centro de “Con pecado concebido”. Uno de ellos, el más fácil, podría ser el del escándalo: un ataque contra la religión, una denuncia de aborto en contra de sacerdotes sin nombre. Otro escenario, opuesto, podría ser el de la pura sensación, como si la materia muerta fuese elevada a objeto de las bellas artes y permitiera un triunfo de las sensaciones sobre la propia muerte, sobre la vida cegada, una estética decadente que no dejara lugar ya para sentimientos o reflexiones. Un tercero, quizá a mitad de camino entre los dos anteriores, aunque tal vez se sitúe lejos del eje que los une, podría asemejarse al juego surrealista: el encuentro fortuito no de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección, sino el de un sacerdote y un feto en una atmósfera barroca.


Parece evidente que ninguna de estas opciones hace justicia a las imágenes de esta serie. Pero, de tener que escoger alguna, me quedaría con la última, pero solo por una razón. No asistimos aquí a un encuentro fortuito (el azar y el absurdo están, parece claro, descartados de plano), pero sí a una presentación de objetos o personajes que, juntos, desafían nuestro sentido común, lo normal, lo razonable o como se lo quiera llamar. Son dos aspectos importantes a tomar en cuenta cuando uno se aproxima a estas imágenes: la quietud de la presentación y el quiebre que ellas conllevan.


La quietud: asistimos a cuadros (en el sentido de momentos, de situaciones, no de cualidades propiamente pictóricas, que sugiere el término), no a escenas. No hay una narrativa latente en la serie. Para que la hubiera, habría que escribir mucho alrededor y entre estas imágenes para que un hilo de acontecimientos pudiera surgir. No hay ni acciones sugeridas, ni reacciones emocionales de los protagonistas de cada cuadro. Ni una pista acerca del porqué llegaron a donde están ni, mucho menos, a dónde irán después. No. Estamos ante una estrategia de presentación en la que la carga de significado de los elementos de cada fotografía pone al espectador ante un impasse: un punto muerto de difícil solución.


El quiebre: a pesar de la quietud, no hay cómo quedarnos tranquilos ante estas imágenes. La carga de significado de los elementos que conjugan atenta tanto contra nuestras costumbres, que exige una ruptura, una salida. Pero esta no está si quiera sugerida en las imágenes. Nos queda a nosotros, como espectadores, resolverla. Al fin y al cabo, no son las imágenes, sino nosotros, quienes nos inquietamos.


¿Pero qué se dice con todo esto? Es difícil de determinar, tal como, independientemente del efecto que pueda tener en el desarrollo de una partida de ajedrez, es difícil determinar qué significa un jaque. Más difícil aún porque, en el ajedrez, las piezas de ambos bandos tienen igual valencia. No así las que entran en juego en estas imágenes: ¿cómo medir, cómo establecer una tabla de equivalencias entre un discurso religioso, aquí simplemente aludido, y la evidencia de la muerte en la materia? Es como intentar establecer una moneda de cambio entre el lenguaje y las cosas. Estamos acostumbrados a lidiar con la realidad mediante el lenguaje: decimos árbol y con ello hablamos de un organismo vegetal, de tronco, ramas y hojas, de un ente en particular que da sombra y frutos o embellece el paisaje. Pero pasa así por costumbre, porque mediante la palabra árbol hemos domesticado la realidad, la hemos simplificado y, comprobamos con agrado, el truco funciona. Pero no es un truco que funcione siempre. Para citar tan solo un ejemplo entre tantos, Umberto Eco ha llamado la atención acerca de cómo la existencia del ornitorrinco puso en jaque toda la nomenclatura de clasificación del reino animal elaborada por la zoología. Acostumbrados a que funcionara tan bien, nadie cuestionó la separación entre ovíparos y mamíferos hasta que la ciencia no se dio con este animal que amamanta a sus crías después de que estas han dejado el cascarón. Bien vistas las cosas, ese drama de la ciencia occidental se repite (si lo buscamos, si estamos atentos a él) en todo orden de cosas. Buena parte de la polémica acerca de los métodos anticonceptivos se centra en el establecimiento del momento en que un grupo de células se convierte en un ser humano. En esa misma línea ¿qué son los fetos que muestran estas imágenes? ¿provienen de abortos naturales o inducidos? ¿qué tan natural es la inducción de un aborto? ¿qué tan antinaturales o antiéticas son las razones para inducirlo? Todas esas disquisiciones quedan fuera ante la realidad de estos fetos. Ellos están ahí y están muertos. Pero, claro está, es muy distinto un feto muerto que un proyecto de individuo cuya vida ha sido cegada. ¿o no? Estas imágenes ponen de manifiesto ese conflicto. Pero, nótese bien, el conflicto del que hablamos no es el de la moral, la ética o la religión frente al aborto, sino el de qué hacer-pensar-decir con o acerca de de estos cuerpecitos muertos. Son un hecho que el discurso religioso no llega a asir ni clasificar con justeza, tal como el sistema de Lineo no pudo con el ornitorrinco. No es un ataque a la religión, sino una puesta en evidencia de sus límites: como si la presencia de los sacerdotes en la cercanía de estos fetos (el contemplarlos, el sostenerlos con las manos) generara un cortocircuito que impidiera procesar la información: cordero de Dios que quitas el pecado del mundo… ¿dónde estás, corderito, si no llegaste a nacer?, si no hubo sacrificio, si la materia que debió estar viva y sin embargo no es más que materia muerta no parece poder ser otra cosa que inocencia trunca ¿hay pecado que limpiar? O se acaba la inocencia o se acaba el pecado. Eso parece decir la evidencia de la materia en manos de un sacerdote (real o ficticio, qué más da). Un discurso más que se estrella contra la realidad. Y eso, el hecho de que el discurso se nos vuelva inoperante, inquieta.

 

Carlo Trivelli